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11 de enero de 2012

Detallista



Últimamente estoy muy interesada en la técnica de los impresionistas. Siempre me han gustado, pero desde que los estudio en Historia del Arte, y desde que vi muchas de las obras en directo en Barcelona, me he enamorado de la espontaneidad de sus trazos.

De todas formas, no voy a hablaros realmente de pintura. O sí, pero reconozco que es más bien una metáfora, la mejor que he encontrado para hablaros de los últimos tiempos de correcciones de mi novela "N".

Hoy hace 3 semanas que me obligué a dar por terminadas las correcciones. Hoy al fin me siento capaz de hablaros de este proceso, de cómo lo he vivido y de uno de los motivos por el que ha sido tan difícil para mí.

Al pintar un lienzo siempre  hay dos grandes momentos que disfruto como una chiquilla. Uno es el comienzo, la anticipación, las ganas. Un lienzo en blanco es un mundo infinito de posibilidades, puede convertirse en cualquier cosa, es pura magia (escribí un relato sobre eso hace años, tendría que rescatarlo). Es maravilloso cogerlo y echar las primeras capas de pintura. Transformar ese infinito en algo cercano a lo que quieres contar en ese momento.

Mi otra fase favorita son las pinceladas finales. Cuando al fin la obra tiene sentido, sea o no el que tenía en mente en un principio. Ya no hay angustia al pintar. Los grandes problemas de la obra están solucionados, se entiende la imagen. Es sólo cuestión de disfrutar con el pincel, de echar aquí y allá pequeños toques de color. Optimizar unas luces, definir un pliegue, añadir el efecto de unas flores lejanas, qué se yo. Hay tantas cosas que pueden ocurrírsete cuando estás disfrutando del mero hecho de la pincelada. Sabes que queda la firma, pero hay tiempo para eso, es el último paso y la pintura aún puede ser mejor. Siempre va a ser mejor si le dedicas más horas. ¿Por qué no hacerlo entonces? ¿Por qué no optimizarla hasta el fin de los días?

Ocurre además que estas últimas pinceladas muchas veces apenas se notan en el conjunto de una obra grande. El paso intermedio era distinto. Una hora dedicada a los primeras capas de una figura daban una gran mejora, pero aquí ya no. Aquí todo es demasiado sutil. Puedes estar días enteros y quizás nadie vea lo que has cambiado. Y siempre queda el miedo a que esos últimos cambios incluso empeoren la obra, pero aún así es difícil parar. Muy difícil.
Creo que era Picasso el que decía que lo más complicado de pintar es saber cuando la obra está terminada. (Si no, se lo acabo de atribuir)

Con la novela me ha pasado lo mismo.
El último año ha sido enteramente de "últimas pinceladas" y las he disfrutado. Cada una de ellas era para mí una pequeña alegría. En el fondo sabía que no podía seguir así, pero no lograba parar

.
Hay otros motivos de los que hablaré en otro momento, pero el de la "fase de últimas pinceladas" estaba ahí y lo más gracioso es que fui consciente de ello. Notaba a la perfección esa misma satisfacción al echar una nota más intensa de azul cobalto en una nube de un óleo que la que sentía al encontrar la palabra perfecta para una frase concreta. Y así, palabra tras palabra la novela no llegaba jamás a su fin. Sabía que algún día tendría que firmar y guardar los pinceles, pero no lograba dar el paso.
El concurso fue la mejor excusa que pude encontrar para obligarme. De no haberlo hecho sé que la novela aún estaría en el caballete de mi mente esperando nuevas capas de pintura.

Pero ya está. Y ahora estoy en una etapa impresionista. Durante una temporada se acabaron los inmensos cuadros épicos con mil figuras y batallas. Seguiré pintando, claro, pero mis obras serán más pequeñas y de trazos más ágiles.
Me he prometido que jamás volveré a escribir una novela tan larga y compleja con tanta subtrama, personajes y lugares. Sé que algún día incumpliré esa promesa, pero al menos durante una temporada me quedaré en los relatos y, de regresar a mis proyectos de novela empezados, intentaré que no se me desmadren, pero ya veremos que pasa cuando, de nuevo, llegue con alguno de ellos a ese momento, el de últimas pinceladas.

Imagen: "Saint-Charles, Eragny," 1891

3 de agosto de 2010

....

Se acaba. Este viernes es 6 de agosto y tengo que desmontar la exposición. Gracias a todos los que me habéis apoyado en este sueño y espero  que haya otras exposiciones en el futuro. (Creo que voy a cubrir gastos así que podré planteármelo. A ver si me sale algún mecenas,  juas XD)

Los que aún no habéis ido daos prisa :D Yo estaré allí esta noche (casi seguro) por si queréis comentarme en persona, sea bueno o malo :P


22 de julio de 2010

Inauguradora 3.0


Como os prometí ayer, ahora toca la segunda parte de la crónica de la noche.

 Néstor subió al escenario. Yo ya estaba abajo, "a salvo", pero seguía nerviosa, porque eran mis relatos y quería que gustaran. Pero ya no había nada que yo pudiese hacer. Me senté en una silla cercana al escenario y me dispuse a pasarlo bien. A mi lado estaba Pikarda, grabando. Le había pedido que grabara mi “actuación”. Nos sonreímos. 

Como buen cuentacuentos, Néstor comenzó  introduciendo cómo se metió en aquel lio de leer mis relatos y al fin se puso en ello.  El primero me hizo mucha ilusión. Sigue siendo uno de mis cuentos favoritos, adoro la atmósfera que tiene y ese personaje, esa mantis. Me parece un cuento muy visual que quedaría genial en un corto con presupuesto para hacer buenos decorados y vestuarios. (Vale, ya, ya bajo de la nube ^^)

Llegó entonces el segundo relato. Los ojos me brillaron con lágrimas incipientes. Tuve que luchar contra ellas para no acabar con el maquillaje como las chicas de algunos de mis cuadros. Mi hermana también estaba muy emocionada. Ella  sabe lo importante que para mí  esa novela y ese “rey escita”. Quizás porque ella también escribe y puede identificarse con lo que cuento. Y es que, como ya le he dicho  a mis beta testers, yo creo (o quiero creer) que lo narro en mi novela es cierto, que ese mundo y esa gente existe. Y aunque todos, incluido “el rey escita” son yo de alguna forma extraña, a la vez no tienen nada que ver y son seres autónomos que, de alguna forma se han puesto en contacto conmigo.

Pero dejemos mis rayadas y volvamos a esa noche.


Tomé aire (todo lo que permitía el corsé), para recuperar la compostura y me fui a hacer ronda entre grupos. Fui con Carol a la barra y nos pedimos una copa de absenta y maracuyá. A mí me salió gratis porque el local invita a los artistas :D (Y yo sin saberlo, seguro que alguno ha expuesto solo por la copa gratis). Y esa sí me la tomé mientras paseaba por el local. Mientras, mi pobre té se quedó en la tetera, enfriándose y charlando con las tazas vacías.

Entonces empezaron las grandes alegrías de la noche. Yo iba dando vueltas, levantándome la falda del vestido para no pisarla y con la copa en la mano y la gente me iba diciendo que les gustaba y cuáles eran sus favoritos. Sergio me reservó el primer cuadro y para mi sorpresa fue mi “autorretrato como nigromante” : “Purple magic”. Yo había esperado que se llevara “Look in my eyes” (el que usé para el primer cartel), ya que había oído que tenía fijación con las pelirrojas. Pero está bien que te sorprendan y, la verdad, no pensaba que la primera venta viniera de  mi extraño autorretrato.


Después Alfredo me dijo que quería “Unbirthday teaparty” (el cuadro con Alicia, el sombrerero loco y el conejo. Uno de mis favoritos.)

Sara me pidió luego “Amber eyes”. Eso me alegro muchísimo porque ella es una de mis primeras betatesters (de hecha la primera chica en leer la novela entera, luego vino Susana-Gatael) El caso es que ella sabía distinguir de qué zona de mi mundo es la chica retratada y eso me encantó. Ya le dije que cuando le entregue el cuadro le enviaré también fragmentos de ese proyecto de novela para que la conozca.


Pikarda estaba interesada por “Fern cat” , pero no se decidía aún. (A día de hoy ya está reservado. ^^)  Carol por su parte me compró la acuarela “Wicked purple”. Una pieza para la que usé una foto suya como referencia. Como curiosidad, a mi amigo Fer (Fernando Alcalá) le ha encantado esa acuarela y me la habría comprado de estar disponible. (Como no lo está me ha encargado que le haga una “a medida”, teniendo en cuenta la decoración de su casa.)

Otros muchos me dijeron estar interesados, pero que se lo iban a pensar y así seguí de grupo en grupo entre charlas sobre planes de verano, otras exposiciones etc. Allí estuve horas y horas caminando entre la gente. Los tacones me destrozaban los pies pero tenía que aguantar hasta el final.


Uno de los momentos más satisfactorios llegó cuando puse las pegatinas en las etiquetas, círculo rojo a los pagados al completo, azul a los reservados. Fue la constatación de haber hecho algo que tenía sentido, algo que merecía la pena. No podía dejar de sonreír, pese al dolor de mis pies y el cansancio general que sentía. Sonreía y sonreía.

De fondo sonaba la música épica de traillers de película que yo había seleccionado para la ocasión y en la pantalla del local se sucedían las imágenes del video que yo había montado con fotos del proceso de pintura de la mayoría de obras allí expuestas, así como de las que no logré terminar a tiempo y otras como mi escultura u oleos viejos que no iba a traer, pero que me interesaba que vieran, porque son parte de mi formación como “artista”.

Justo antes de irme, hablé un rato con Alby Martín, fotógrafo con experiencia en exposiciones que me ayudó a tomar algunas decisiones en las semanas anteriores a la inauguración. Con él hablé de otros locales donde exponer, entre otras cosas.

El viaje de vuelta a casa fue muy raro, sin mis cuadros… Tras las despedidas, subí las escaleras hacia la calle como un zombie. Los pies me ardían, pero mi mente flotaba, muy lejos. Quizás estaba peinando al unicornio, quizás. Había llegado al local con mil bolsas llenas de cuadros y volvía con las manos vacías. Dejaba ahí a todos mis niños, a la vista de cualquiera, de sus críticas, de miradas tan dispares a la mía. Sentí frío un instante, me sentí desnuda. El pánico a las críticas negativas ardió en mí de nuevo, pero fue solo un instante. Enseguida recuperé la sonrisa. Había ido bien. Y sí, había mucho que mejorar, pero hace menos de un año yo aún no sabía cómo difuminar colores en pintura digital. Y hace dos jamás habría soñado con hacer algo como esto, tener toda una sala para mí y llena de gente que venía a ver mis obras. Me llenó entonces una sensación de fin de etapa, de esas que ya he tenido varias. Y así, con esa mezcla de vacío y euforia subí al coche.

Fotógrafa: Laura Torres Daudén

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